2015

Construcción Hiroshima final

Qué son la piedra, el cemento, el metal… sin carne, sin célula, sin vida… qué es la carne, el cuerpo, la materia… sin ser, sin voluntad, sin mirada… qué es el ser… sin siendo, sin movimiento, sin juego, sin ahora…

El tema central de la obra es la persona, y no está presente. Donde mires se echa en falta a la persona, la carne. Todo son paisajes estériles, estructuras vacías, muertas. La última de las distopías urbanas, la más extrema, aquella en la que el hombre ha desaparecido pero prevalece su creación. La ciudad-maquina se engulle a sí misma después de acabar con el individuo. También es clave esta desaparición de la persona en las distopías de Orwell y Huxley. En ambas, “la metáfora tecnológica está siempre presente: la organización analítica del espacio, las viviendas idénticas y efímeras y los gestos repetitivos son el método por el cuál el hombre se vuelve homogéneo, por el que el orden heterónomo “transforma” al sujeto no en individuo ni en ciudadano, sino en engranaje, en parte funcionalizada”1 La ciudad siempre ha sido el escenario predilecto de la distopía. Hemos volcado en su diseño nuestra esperanza de orden y perfección. Los edificios cada vez más eficientes, menos personales. Las calles rectas, la población ordenada y homogeneizada en torno de su labor. El funcionamiento del organismo- ciudad se ha sobrepuesto al valor de la diferencia y la persona. Nos hemos lanzado al sueño del no-conflicto urbano convertiéndonos en el combustible de la máquina. El ideal ciudad amenaza con subsumir al individuo, convertirlo en pieza recambiable del sistema, en pro del orden colectivo, un ladrillo más en el cuadro. Ni siquiera la muerte es visible, “en la ciudad todo sigue como si nadie muriese”2. Como si nadie naciese, como si nadie viviese.

La urbe pasa a ser la amenaza del final sin final. El cementerio de los vivos. Los vivos son el cemento.

Si la supuesta distopía de Gaspar se halla en las ciudades sin gente, bien podríamos encontrar un secreto retazo de utopía en esa bomba que refulge sobre el horizonte.

“La idea del apocalipsis ha acompañado al pensamiento utópico desde sus mismos comienzos, lo sigue como una sombra, como un reverso que no puede ser dejado atrás; sin catástrofe no hay milenio. Sin apocalipsis no hay paraíso. La idea de la decadencia del mundo es simplemente una utopía negativa.”3

Ciudad, alienación y distopía. Bomba, apocalipsis y utopía.

La mirada que nos propone Gaspar Francés sobre los paisajes urbanos bien podría ser la inocente mirada de un niño. Impresionado por los grandes edificios y descomunales estructuras que se alzan por doquier. Las ruinas, los cables, las antenas, los rascacielos, la basura, los escombros, el humo… la máquina… la bomba. Existe, sin lugar a dudas, un cierto atractivo visual en ellos. Una estética de las creaciones humanas deshumanizadas. La mirada del pintor nos transmite una sensación de gris ecuanimidad, de distante silencio ante el espectáculo terrible del ser humano y sus jaulas a medida. El hombre y su gris construcción de estructuras muertas y máquinas que matan. Sin embargo a través de esta mirada neutra, casi inocente, la sensación que despierta en el espectador bajo el peso de tanta desolación visual es poco menos que terrible.

“Europa se enorgullece de su organización y de su eficiencia prácticas y científicas. Estoy esperando que su organización sea perfecta; entonces un niño la destruirá.” 4

Además de grises y vacías, las ciudades están desoladas. Amenazadas por el olvido, el paso del tiempo, la erosión e incluso la destrucción más absoluta (la bomba). La catástrofe lo convierte todo en lo mismo. En restos. No hay clases sociales, no hay historias individuales ni realidades diferenciadas. Sólo una realidad, la del peligro y la muerte. Pero no nos engañemos, la ciudad ya estaba vacía mucho antes de su exterminio. Quizás la vision de la destrucción explícita sea, curiosamente, el único elemento a través del cual el pintor deja ver una dudosa esperanza.

Hay un niño en nosotros que sueña con la destrucción. Y quizás fuera preferible la destrucción a la desaparición del niño.

En cualquier caso en la obra no hay ni crítica ni alabanza. Tan sólo un muestrario que deja un sabor amargo y una sensación triste y confundida. Una visión distante, sin colores, sin búsqueda de salvación ni arrepentimiento. Una panorámica de la ciudad y la fábrica. De la basura y el cemento. De antenas y de cables. El escenario de nuestra cotidianidad se convierte en protagonista solitario del drama. Atroz, limpio, claro. Nos muestra el mundo del hombre sin el hombre. Y así nos muestra su sinsentido intrínseco. Su alianza con la muerte. Hay una cierta belleza en mostrar lo terrible. Convertir lo real, lo de siempre, en increible, al deshumanizarlo. El humano ha desaparecido. Se lo ha comido el asfalto, se ha vuelto gris como el cemento. Las grandes revelaciones suelen venir a través de grandes ausencias. El vacío muestra. El silencio habla, grita. Hay un desgarro tras la quietud de los edificios. Algo está torcido bajo las líneas rectas.

Nicolas De Torres.

1. GABRIELA FDEZ RODRIGUEZ, La ciudad como sede de la imaginación distópica: literatura, espacio y control, 2005.

2. PHILIPPE ARIÈS, 2011, pág. 626.

3. HANS MAGNUS ENZENSBERGER, Dos notas marginales acerca del fin del mundo, pag 117.

4. SRI AUROBINDO, Pensamientos y aforismos, aforismo 76.

Pripiat final

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